Es curioso que solo al detenernos
un segundo para estudiar los caminos enraizados de la intuición, que tanto
tenemos instalada involuntariamente en nuestra sesera, ya con la hipoteca
pagada, ahorrando ingentes cantidades de tiempo a las especies supervivientes
ansiosas de respuesta; percatamos su explicación primigenia, calmamos la sed de
intranquilidad cognoscible. Me detengo pues en el dicho "Eres como el
perro del hortelano, ni comes ni dejas comer".
La
literatura del Siglo de Oro también infringe, no daño, sino capacidad expresiva
al arraigado refranero español que tanto utilizamos. Lope de Vega utilizó este
símil como explicación resumida a ese comportamiento celosamente territorial de
resguardo protector de la persona que nos importa y que tenemos a disposición.
A la par que se impide todo tipo de acercamiento potencialmente peligroso para
nuestro ser amado, no acometemos clase alguna de intento pretencioso de
consecución sentimental. Hasta tal punto tiene que ser verdadero, que esta
comparación se sigue utilizando siglos después.
Un tuso
defendiendo un huerto cumple estas condiciones extrapoladas a la figura de
actuación. Es decir, los perros, por lo general, no disponen de un
comportamiento naturalmente vegetariano y por eso no cabe esperar que arranquen
las hortalizas de la tierra a mordiscos, de la misma manera que como guardianes
instintivos llevarán a cabo un estruendoso repertorio de ladridos y fieros
gruñidos contra toda aquella presencia que sea susceptible de presentar cierto
grado de amenaza para las plantas.
Y aquí es
donde entra en juego cada conciencia, con las esperanzas puestas en el
encuentro con la propia felicidad a través de la realización personal del
individuo del que se está enamorado, es decir, si finalmente decidimos comernos
las plantas, nutrirnos de ellas habiendo la posibilidad de destrucción o
abandonar el cultivo dejando a la suerte que las alimañas acaben o no con los
vegetales.
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